
En la tradición de Ayacuchana, cuando uno fallece, hay una ceremonia de 5 días en la que la familia se reúne para recordar, perdonar y limpiar. Vigilamos el cuerpo, terminamos conversaciones que no pudimos durante su vida, entendiendo que su energía sigue presente pero que pronto seguirá adelante. Finalmente, nos reunimos colectivamente a orillas del río para jugar, reír y llorar; el agua corriente se lleva nuestro dolor, y el sol de la mañana nos recarga mientras seca nuestras lágrimas. Durante la era del conflicto interno y el terrorismo en el Perú, muchos no pudieron despedirse de sus familiares. En Ayacucho, muchos ni siquiera sabían que esto estaba pasando, pero las pérdidas se sintieron. La gente moría sin despedirse de sus seres queridos. Las almas de los difuntos están presentes en las tierras que habitaron a través de los entierros de sus cuerpos. Esto es lo que pasó con mi abuela, puescuando murió, su alma fue a quedarse en el árbol más importante de su pueblo. Hoy en la era de COVID, tenemos que ver un gran número de muertes por día; hoy, tenemos que llamar a un extraño para que su cuerpo pueda regresar como cenizas en una caja.
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Transpiksel 2021